Un día de COVID en territorio maya

Mis à jour : mai 30

Se llama Carlos, tiene 20 años y proviene de un pueblo humilde situado en las tierras paradisíacas de Quintana Roo, rodeado de la selva mexicana. Todos los habitantes de este pequeño pueblo son pobres y campesinos.


Él es el más joven de una gran familia, y se vio abocado a abandonar prematuramente los bancos de la escuela del pueblo. Su carga de trabajo diario cuidando los animales de la granja familiar y las plantaciones de maíz, frijoles y otros vegetales que albergaban sus tierras no eran compatibles con la educación formal. Siempre ha montado a caballo y luce con orgullo su sombrero de vaquero mexicano.



A los 16 años, abandonó este pequeño pueblo en busca de las ciudades caras y turísticas que plagan los alrededores. Turistas y turistas que llegan en masa, atraídos por el color azul celeste del Caribe, los impresionantes cenotes y las ruinas mayas milenarias que nuestro protagonista jamás tuvo la oportunidad de pisar.


La vida le llevará a ser personal de limpieza, cocinero y finalmente marinero en un catamarán que navega por uno de los lagos más bellos del mundo. De este modo, siempre que le sea posible, él y sus hermanas y hermanos podrán enviar algo de dinero a la granja familiar.


Las semillas son escasas y caras; el cambio climático no da lugar a debate en estas tierras, sino que ya es una realidad desgarradora. Afecta tanto a la lluvia que las cosechas dependientes del agua del cielo se vuelven más insólitas año tras año. Por otra parte, una manguera con la que regar es un lujo que no todos pueden permitirse. Imaginen entonces, ¿cuál será su acceso a otras clases de herramientas agrícolas? Inexistente.

La falta de heno para alimentar a los animales es una de las consecuencias más sangrantes. ¿Con qué dinero se comprará el heno que fueron incapaces de producir por la ausencia de agua? Al ser una granja familiar no se producen excedentes para su venta, solo abastece a la familia y alegados, por lo que no hay beneficio económico directo. Se necesita dinero para comprar el heno y este lujo solo llega a través de lo poco que la prole puede enviar a sus progenitores o gracias a los trabajos de "limpieza de la selva" que realizan periódicamente.


La mafia también anda cerca, con un número de acólitos cada vez más numeroso. No se trata de una situación sorprendente dadas las durísimas condiciones de vida a la que se tienen que enfrentar los jóvenes de la región. Sin embargo, Carlos no hizo esa elección.


El COVID ha llegado y los turistas se fueron. Se vio obligado a regresar a la granja, al igual que el resto de su familia que había emigrado. Su trabajo al timón del catamarán paseando turistas no estaba bien pagado, ni le ofrecía mejores expectativas de vida, pero era más agradable que la realidad en la granja. En la costa podía permitirse una habitación, una cama y cervezas ocasionales que compartir con amigos.

Ahora toca aparcar sus sueños; comprar una casita o un pequeño catamarán recreativo algún día, y poder visitar a sus anchas la laguna que tan bien conoce, pero que tenía unas reglas tan estrictas que jamás se le permitió explorar más allá de los límites.


Regresar a la granja familiar significa plantar miles de metros cuadrados de maíz de manera totalmente manual. Preparar el suelo para el cultivo solo es posible mediante la técnica de quema. Se trata del único método rápido y eficiente cuando no posees las herramientas adecuadas para "desmalezar la jungla".


Desde mediados de marzo de 2020, ya plantaron tres veces. Pero nada crece. Nada. No hay lluvia y hace mucho calor. Después de horas bajo al Sol, regresa a casa para tomar sopa de frijoles -cuando hay-, platicar con la familia y quedarse dormido en una hamaca afuera por falta de espacio en el interior. Cuando puede, compra una tarjeta para conectarse a Internet con una eficiencia bastante cuestionable. Me habla un poco sobre su vida cotidiana y no entiende por qué me podría interesar. Leí entre líneas que poco a poco, puede que esté avanzando hacia una depresión sin remedio. Está perdiendo su sonrisa resplandeciente, brillante como el Sol. La falta de dinero es asfixiante y la inversión física y económica no produce los frutos esperados. El futuro se vuelve cada vez más incierto.


Me aventuro, como neocolonial que soy, a hablarle sobre la permacultura, la asociación de la cultura (o policultivo) y la técnica de la milpa maya, que él, sin embargo, desconoce. Me cuenta que ellos cultivan de la forma tradicional, con la naturaleza. Sin embargo, sigo firmemente convencida de que las técnicas cambiaron las décadas de los 60 y los 70, cuando los occidentales debieron haber llegado con su famosa revolución verde petróleo. Me resulta difícil creer que no exista un sistema de riego por canales de una manera tradicional, especialmente porque el territorio está atravesado por cientos de kilómetros de canales excavados por los mayas hace más de 500 años. Me resulta todavía más difícil de aceptar que la asociación cultural no existiera de manera tradicional, especialmente en el medio del territorio maya... La contradicción y la duda me asaltan al momento de sugerir cualquier cosa. No conozco esta tierra y, especialmente, no corro el riesgo que supondría un cambio de técnica. La normalidad que supone para mí ir al supermercado y poder comer todos los días sería un lujo para él. En mi caso, cometer un error en la producción de mis vegetales solo me llevaría a la desilusión, pero mi estómago seguirá lleno sin esfuerzo.


Cuento su realidad porque se trata de una historia tan singular como generalizada en el mundo, que se vuelve aún más silenciosa en estos tiempos de COVID. Se convertirán en las grandes víctimas y no tendrán quien les de voz. Víctimas de la Revolución Verde, víctimas de la pérdida ancestral de conocimiento, víctimas del cambio climático y ahora víctimas de la pandemia global que tiene su origen en el primer mundo, en personas ricas, como yo, quienes disponemos de medios para tomar aviones a nuestro antojo, aunque no planeemos regresar al paraíso en los próximos meses.


Si bien en Occidente deseamos un cambio drástico en el comportamiento global y una conciencia colectiva que nos empuje a viajar más localmente, puede que ya sea tarde para Carlos. Las consecuencias sistémicas internacionales consecuencia de nuestras acciones son inmensas.


El latido de un avión en Tokio, desencadena un miedo visceral al hambre en Quintana Roo.


Gracias a Carlos por la confianza

Gracias a Clara por el apoyo de la traduccion

70 vues

Christelle Fournier Permaculture

  • Black Facebook Icon